Llamada perdida

2

Si hubiese cogido el teléfono, no andaríamos así; pero si él es cabezota, yo más.
—¿Me puedo marchar? –preguntó a la agente.
La tía no ha levantado la vista del ordenador desde que me han metido en esta sala con el aire acondicionado a toda mecha. Debe de tener 40 años y necesita repasarse la raíz. Esto le hace parecer mucho más vieja, o a mí, con mis extensiones recién puestas, más joven.
––Digo que si me puedo ir –grito.
—¿Usted es tonta o se lo hace? –me lanza la impertinencia sin mover un músculo, algo que deben de enseñarles en la academia.
—Sin faltar. Esto es retención ilegal –chula, ¿eh? La frase se la he copiado a los guionistas de la tele–. Por lo menos podría devolverme el móvil y así ‘whatsapeo’ un poco.
Entonces la policía interrumpe la biblia que estaba escribiendo y me examina con gesto atónito.
—¿Usted tiene idea de por qué se encuentra en una comisaría o empezamos la historia desde el principio?
Conmigo no va lo de “empezar desde el prin-ci-pio”; me recuerda a una charla paternalista advirtiéndome de que andar pegada al teléfono va a terminar fundiendo mis meninges. Respondo que sí, que soy muy mala, pero que abrevien porque he quedado.
En realidad es mentira, porque si él y yo hubiéramos quedado, no estaría aquí.
—No se arrepiente, ¿verdad?
La mujer pasa de agente a confesora porque me lo ha preguntado en un susurro, como si anduviéramos en mitad de la misa. ¿Y ahora qué digo? ¿La verdad? ¿Que mi ex es un capullo calzonazos incapaz de sostener una conversación cara a cara? O que lo mío es tenacidad porque soy de las que creen que, si Mahoma no va a la montaña, hay que poner pies a las piedras. Porque esto es lo que ha sucedido, ni más ni menos. Que un día me mandó un sms (ni siquiera un WhatsApp para no dejarme ver si estaba en línea) dándome puerta y yo le pedí explicaciones.
Bueno y otra oportunidad, porque yo a Jonathan le quiero mucho. Por supuesto que de haber cogido el teléfono, no hubiera pisado la comisaría, pero el muy idiota dejaba que sonara y sonara hasta que reventaron mi oreja y su batería.
—¿A usted le parecen normales 2.856 llamadas
perdidas?

Si hubiese cogido el teléfono, no andaríamos así; pero si él es cabezota, yo más.
—¿Me puedo marchar? –preguntó a la agente.
La tía no ha levantado la vista del ordenador desde que me han metido en esta sala con el aire acondicionado a toda mecha. Debe de tener 40 años y necesita repasarse la raíz. Esto le hace parecer mucho más vieja, o a mí, con mis extensiones recién puestas, más joven.
––Digo que si me puedo ir –grito.
—¿Usted es tonta o se lo hace? –me lanza la impertinencia sin mover un músculo, algo que deben de enseñarles en la academia.
—Sin faltar. Esto es retención ilegal –chula, ¿eh? La frase se la he copiado a los guionistas de la tele–. Por lo menos podría devolverme el móvil y así ‘whatsapeo’ un poco.
Entonces la policía interrumpe la biblia que estaba escribiendo y me examina con gesto atónito.
—¿Usted tiene idea de por qué se encuentra en una comisaría o empezamos la historia desde el principio?
Conmigo no va lo de “empezar desde el prin-ci-pio”; me recuerda a una charla paternalista advirtiéndome de que andar pegada al teléfono va a terminar fundiendo mis meninges. Respondo que sí, que soy muy mala, pero que abrevien porque he quedado.
En realidad es mentira, porque si él y yo hubiéramos quedado, no estaría aquí.
—No se arrepiente, ¿verdad?
La mujer pasa de agente a confesora porque me lo ha preguntado en un susurro, como si anduviéramos en mitad de la misa. ¿Y ahora qué digo? ¿La verdad? ¿Que mi ex es un capullo calzonazos incapaz de sostener una conversación cara a cara? O que lo mío es tenacidad porque soy de las que creen que, si Mahoma no va a la montaña, hay que poner pies a las piedras. Porque esto es lo que ha sucedido, ni más ni menos. Que un día me mandó un sms (ni siquiera un WhatsApp para no dejarme ver si estaba en línea) dándome puerta y yo le pedí explicaciones.
Bueno y otra oportunidad, porque yo a Jonathan le quiero mucho. Por supuesto que de haber cogido el teléfono, no hubiera pisado la comisaría, pero el muy idiota dejaba que sonara y sonara hasta que reventaron mi oreja y su batería.
—¿A usted le parecen normales 2.856 llamadas perdidas?

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